Cuando Kafka hacía furor: Memorias del Greenwich Village es un libro de Anatole Broyard que protagoniza él mismo. Comienza en la época después de la segunda guerra mundial, cuando él volvió a Nueva York a vivir en el Greenwich Village en calidad de veterano a los 25 años. Son las memorias de su juventud que, aún con la intención de tener algo de autobiográficas, los recuerdos son una suerte de ficción en nuestras cabezas, una serie de historias que queremos contarnos. Intentaré esclarecer lo paradójico que puede ser el tiempo en la vida y obra de un autor.
Entiendo al tiempo como la unidad de medida que determina un antes y un después, pero también al contexto socioeconómico y cultural que inevitablemente nos enmarca y heredamos en el tenor más freudianamente escalofriante.
Broyard fue editor del The New York Times 18 años hasta julio de 1989, que le diagnosticaron cáncer de próstata y murió en 1990. Su mayor secreto fue que tenía ascendencia negra, aunque su tono de piel en particular pasaba por blanca, la de su hermana menor Shirley no, así que después de la guerra decidió no volver con su familia y comenzar una vida absolutamente alejado de cualquier indicio sobre su ascendencia negra. Es escalofriante cómo el ser humano fácilmente es capaz de redefinir arbitrariamente lo que entiende por “naturaleza”, según una serie de preceptos que han conducido a los genocidios más grandes en la humanidad; algo así le sucedió a Broyard. Antes de ser reclutado se casó con Aida, una puertorriqueña, y tuvo una hija. Cuando volvió de la guerra al Greenwich Village para convertirse en artista, ya no había lugar en su departamento para Aida y Gala. Tenía fama de ser un hombre de muchas mujeres, casado con Alexandra, pero no particularmente monógamo. Probablemente su compleja experiencia durante la guerra, desembocó en la necesidad de cancelar su pasado y empezar de cero con altas dosis de romanticismo neoyorkino y hasta abrió una librería en Cornelia Street.
Hay conceptos que son peligrosos en manos de la política, como la justicia, el bien, la naturaleza o la verdad. ¿Qué habrá entendido Broyard por naturaleza después de la guerra? Porque fue evidente que, ni aún dado por terminado ese periodo de la humanidad, él creyó que la noción de justicia se habría reivindicado en algún sentido, de ahí su decisión de eliminar su vida antes de 1946, para vivir con privilegios de blanco. Aunque el libro fue planteado como sus “memorias”, la primera pregunta que salta es: ¿No pensó en ningún momento en su familia después del 46? Apenas menciona un par de llamadas con sus padres y una breve visita en la que ellos no eran, ni remotamente, los protagonistas de la escena; se esmeró mucho en no mencionar absolutamente nada sobre su ascendencia negra o Aida y Gala, es decir: Negó dos veces de dónde venía y la segunda fue en 1988, cuando comenzó a escribir esas memorias, que más bien son una novela inspirada en él mismo, una autoficción, como lo es toda la literatura, pero sin necesariamente ser cien por ciento verídica. Si alguien insistiera en que sí es totalmente autobiográfica, la novela se tornaría ofensiva, porque se notan los esfuerzos de Broyard por endulzar los ojos del lector de forma erudita y tendríamos derecho a especular de modo más minucioso sobre su vida. En todo caso, no hay respuesta correcta ante la ambivalencia entre si son memorias con carácter autobiográfico o no, porque cada lector decide hasta dónde se empapa de mentiras.
Broyard pensó en llevarse hasta la tumba una maldición que lamentablemente aquejó a Kafka, pero no debe ser el destino de todxs lxs escritorxs del mundo. Incomprendido y muerto en la miseria. La incomprensión es parte de lo que forja el arte y no se puede prescindir de ella si se pretende ser un pensador de cualquier índole, pero morir en la miseria quizás sea algo exagerado; Broyard murió incomprendido principalmente por él mismo. Tenía un par de opciones poco usuales en la vida: (1) Vivir como blanco o (2) vivir como negro, suena absurdo e intrínsecaente contradictorio, pero eligió los privilegios por encima de las vicisitudes y en esa metáfora de vida, se ejemplifica uno de los clásicos cuestionamientos en torno a la ética en el arte. Podría ser muy moralino pensar que debía elegir la opción número dos, para ser alguna especie de mártir que debe renunciar a una fortuna heredada, para hacerla nuevamente y obtener reconocimiento extra con la hazaña. ¿Se puede separar la obra (como metáfora del arte) del artista (como metáfora de la ética)? ¿Tiene algo de malo pecar de moralinos? Y habrá que definir muy bien: ¿Moralinos con respecto a qué? Porque es bien sabido que la moralidad se mide con una vara que fluctúa con el viento hacia un lado o hacia otro, no obstante siempre parece importante agarrar un bando, aunque eso inevitablemente se traduzca en quitarle toda la diversión a fluctuar junto con la vara.
El pensamiento se mueve bajo criterios temporales, pero tiene alcances atemporales. La novela está dividida en dos partes: Sheri & Después de Sheri. En la novela Sheri Donatti y en realidad Sheri Martinelli, una pintora, poeta y modelo norteamericana con la que salió tres meses, fue su mentora sobre la libertad y terminó dejándola por percibirla abrumadora. La propia estructura de la novela delimita, según un antes y un después, lo traicionero que puede ser el inconsciente. Sheri murió tres años después de que se publicó la novela. En una entrevista comentó que Broyard jamás pasó una sola noche en su casa y que toda la primera parte le pareció más bien un sueño húmedo. Quizás la verdad esté en una versión un poco más intermedia, pero Broyard no puede evitar lanzar un juicio ya muy desgastado hacia las mujeres rumbo al final del capítulo cuando corta con ella, y es que la hace ver como una loca por un supuesto intento de suicidio en el que él la salva, pero ella no lo agradece y le recrimina lo patético que se ve buscándole sentido a todo. Sheri falleció en 1996 en completo anonimato por parte de sus contemporáneos y medios de la época. Broyard murió en 1990 apenas lúcido entre dolor y medicamentos. Es una pena que el retrato que tenemos de Sheri Martinelli sea a través de los ojos de Broyard, que parecía obsesionado con su ropa interior. La misma Sheri lo encontró ofensivo y negó que fuera cierto. Aunque efectivamente haya sido una mujer que no ocupaba ropa interior, ¿por qué es motivo de tanto extrañamiento? Si en el fondo puede ser el acto más burdo de libertad.
El Broyard de treinta años, llevaba una vida muy similar a lo que después se iba a convertir en el estereotipo del casanova de los años 90, que corteja desde una pulsión erótica animalizada y constantemente traspasa los límites de la individualidad. Quizás por eso en un par de ocasiones en la novela se cuestiona su propia felicidad, en contraste con el incontrolable deseo de sentirse insatisfecho.
“Si yo no era capaz de amar el arte por el arte, al menos podía, como Shapiro, amarlo por las explicaciones que permitía. Eso siempre sería mejor que no llegar a amarlo.” (Broyard: 1993, 85)
Sheri era una pintora modernista, pero Boyard consideraba al arte moderno como una promesa vaga que representaba un riesgo para el arte al que le gusta pensar que todo tiene un significado, y aunque hiciera la faramalla de leer a Kafka, buscaba dosis más altas de realismo, era un hombre pragmático que vivía los privilegios (principalmente autoimpuestos) de vivir como blanco, pero uno no puede escapar tan fácil del pasado, es como si el destino estuviera constantemente consumándose.
En uno de los primeros encuentros con Sheri, Broyard revela que orina en la tarja de la cocina y describe su departamento como un lugar casi oníricamente desordenado. La memoria es tan compleja que, incluso desde un punto de vista psicoanalítico, cuando volteamos hacia el pasado, desplazamos deseos no satisfechos que en cualquier mente con la debilidad de escribir, puede ser un detonador de terribles confusiones eróticas que buscan el cumplimiento de su deseo en ficciones “autobiográficas”, que encajan mejor en la categoría de fetiche. Broyard conscientemente omitió información que sostiene una mentira ulterior, una metametira, que irónicamente le fue impronunciable y se la llevó a la tumba. Fue su esposa Alexandra la que le reveló a sus hijos en el mismo funeral de Broyard, que su tía Shirley era negra, como si el color de piel de una persona tuviera que ser revelado, incluso después de supuestamente haber ganado una guerra racista y antisemita.
En el texto de Keep Cool, Man: The Negro Rejection of Jazz , Broyard dice:
Contact with white society has opened new vistas, new ideals in his imagination, and these he defends by repression, freezing up against the desire to be white, to have normal social intercourse with whites, to behave like them. . . . But in coolness he evades the issue . . . he becomes a pacifist in the struggle between social groups—not a conscientious objector, but a draft-dodger. (Broyard: 1950)
Broyard entiende muy bien un fenómeno que toda causa social tiene el riesgo de sufrir, hay tanto hartazgo detrás por la desigualdad y es tan desmoralizante la incapacidad de las personas por percibir sus privilegios, que el enojo se convierte en el tábano que aguijonea al caballo, con la esperanza de que algo cambie. Resulta poco empático sugerir que la comunidad negra se negaba a sostener una interacción social normal con los blancos si, históricamente, haciendo tribu fue como lograron sobrevivir ante la bélica imposición de la supuesta supremacía blanca. Señalar el enojo del otro suele ser un argumento para desacreditar cualquiera que sea su postura. En Cuando Kafka hacía furor: Memorias del Greenwich Village, Broyard dice: “Me parecía que el jazz confiaba demasiado en la improvisación para ser un arte en toda regla” (Broyard: 1993, 99). A la luz de la frase anterior, el título del paper adquiere más sentido y Broyard muestra un ápice de congruencia, pues su concepción del arte y de la vida, verdaderamente están sujetas a explicaciones, metodologías y falacias de autoridad. No da cabida al terreno de la incertidumbre, ni como posible elemento que le pudiera interesar al arte.
A veces me pregunto qué le hace más daño al arte, si los teóricos empedernidos, o las asociaciones civiles con careta de arte moderno. De ningún lado de la balanza una se puede confiar y al menos el terreno de la improvisación, abre un nuevo panorama hacia experimentar el arte desde lo indeterminado y sensorial. El nacimiento del jazz no se puede considerar arbitrario o un arte menor, es el latido de una parte de la sociedad que la ha pasado mal y encontró la forma de exudarlo dándole a la humanidad una composición de sonidos únicos.
Deseamos tanto ir en contra del tiempo que nos tocó vivir, que el intelecto termina atado a la serie de ideas y mecanismos que en su momento funcionaron y parecían revolucionarias, pero terminan por volverse obsoletas. Es una cosa cíclica de la humanidad que, a pesar de ser evidente, no podemos detenerla y seguimos presas de un eterno retorno en el que la revelación espiritual suena más bien a un chiste que comienza por el final y pierde toda la gracia. Broyard es del tipo de autores que escriben con la finalidad de reafirmarse a sí mismos, aunque varias fueran verdades omitidas con pretensiones autobiográficas, no escribía desde quién sí era. Donde hay dolor se nota tautológicamente, como un recordatorio a modo de gerundio del tiempo presente. En Broyard quizás la división real del tiempo se divide en: Antes & Después de la guerra, momento en donde decide cambiar de rumbo drásticamente su vida.
El libro está convenientemente inconcluso, como si en ese silencio estuviera todo lo que omitió, su muerte se convirtió en el final abierto de una película en donde el personaje tiene una última esperanza de reivindicarse.
Aunque el tiempo parezca una medida creada por el intelecto humano para ordenar las cosas, es absolutamente al revés: El intelecto está al servicio del tiempo como una entidad mucho mayor que hace cognoscible la realidad. Anatole Broyard encarna la paradoja del viajero en el tiempo que quiere matar a su papá y viaja al pasado decidido al parricidio, al lograr su cometido crea una segunda línea temporal paralela en la que queda atrapado, porque su linaje en la primera línea temporal se borró, pero él debe seguir existiendo por ser la causa eficiente del asesinato de su padre; desaparecerá del universo en el que mata a su padre antes de concebirlo, pero eso será el inicio de otra serie de líneas causales que terminarán por concatenarse en una nueva línea temporal. Sin perder de vista la paradoja, entonces la novela sí está terminada y el final que Anatole le expresó a su editor antes de morir que iba a ser sobre su padre, quedó cancelado desde el momento en el que volvió de la guerra al Greenwich Village, un lugar en el que, según el mismo Broyard, nadie era hijo de sus padres, todos eran huérfanos. Su vida, al igual que su novela, parecen inacabadas entre secretos.
REFERENCIAS
Broyard, Anatole (1993). Cuando Kafka hacía furor. Martínez, Catalina (trad.). Ediciones La uÑa RoTa.
Gates, Henry. “Write like me”, junio del 1996, en https://www.newyorker.com/magazine/1996/06/17/white-like-me
Le Breton, D. (2016). El silencio: aproximaciones. Madrid: Sequitur.
Renzi, Inés. “Hacer el amor a Sheri”, febrero del 2016, en http://www.lagrietaonline.com/hacer-el-amor-a-sheri/
Sadurní, J. M. “Franz Kafka, un escritor atormentado”, abril del 2022, en https://historia.nationalgeographic.com.es/a/franz-kafka-escritor-atormentado_15357

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