REFLEXIONES SOBRE LA SOLEDAD, VIDA Y OBRA DE PITA AMOR

Yo soy mi casa (1946) fue uno de los libros más conocidos de Pita Amor (1918 – 2000), escritora y poetisa originaria de la Ciudad de México. Nació en un entorno familiar que le permitió estudiar y codearse con artistas e intelectuales, incluso recibió tutorías de Alfonso Reyes, con quién también sostuvo una amistad. Su vida personal era un escándalo para la época, porque era una mujer que no creía en Dios y sexualmente libre. El objetivo del presente análisis es enmarcar el contexto en el que Pita Amor escribió Yo soy mi casa (1946) y ahondar en algunos fragmentos que hablan sobre la soledad, una constante en su vida a pesar de haber sido amiga de grandes figuras de la literatura, como Elena Garro, de la que fue totalmente contemporánea  o Gabriela Mistral, que era veintinueve años mayor que ella. 

La soledad es elogiada y vista como sinónimo de sabiduría, pero también es monstruosa y temida. Hay actividades que en sí mismas implican soledad, como la lectura y por ende, la escritura. Muchas obras que han sido capaces de mantenerse vigentes bajo criterios que son alarmantes y otras que son injustamente olvidadas muy pronto. En México seguimos elogiando los vicios humanos en tono shakesperiano, porque Shakespeare es casi una marca registrada que alimenta un enorme porcentaje de las falacias de autoridad que se dicen a diario y la misma Pita Amor lo sabía. 

Shakespeare me llamó genial

Lope de Vega, infinita

Calderón, bruja maldita

y Fray Luis la episcopal.

(Amor, 1953. Décimas a Dios)

En 1946 Pita tenía veintiocho años. Veo fragmentos tan lúcidos que me duele leer después detalles de su biografía, es decir, parecía una mujer que desde joven entendía que un ingrediente de la soledad es el egoísmo, luego lo justifica y eso la traslada a una niñez llena de soledad. Los periodos largos de soledad en la niñez pueden ser momentos para aprender a lidiar con nuestros pensamientos y deseos, pero también pueden sembrar un sentimiento de rechazo por parte de un mundo de adultos al que no se puede acceder. 

Se incubó mi egoísmo en soledad.

Entonces, ¡no ha de ser tanto egoísmo!

Si mi niñez, más que niñez, fue abismo,

no es raro que llegase esa verdad:

que lo único que vale es el ser mismo. 

(Amor: 1946, 25)

En su etapa de vejez Pita Amor causó polémica por pasear desnuda únicamente con un abrigo de mink y atacar con su bastón a personalidades como Monsiváis. Era una mujer sin ningún temor de demostrar lo que sentía. Su personalidad dura y narcisista, aunada a una época en la que muy pocas mujeres eran las privilegiadas que sobresalían sin ser hipersexualizadas, la llevó a posar desnuda para varios pintores famosos y a tener múltiples parejas sexuales y sentimentales. Fue una mujer que desde que nació su rol familiar era el de desafiar constantemente los valores y costumbres. Era una mujer iracunda, grosera y con tendencias exhibicionistas, se equivocaba mucho y nunca se comportó como su familia esperaba. 

¿Por qué use tan equívoca pasión

para calmar mis tenebrosas ansias? […]

Porque quise –¡ay, osada!– que mi ser

tuviera un prematuro amanecer. 

(Amor: 1946, 19)

Pienso que en este fragmento ella se da cuenta, desde un lugar muy maduro, que de jóvenes nos impacienta crecer y lo difícil que es constantemente sentir rechazo por no poder acceder a un mundo adulto. En los largos periodos de soledad durante la niñez, deliberadamente se adquieren comportamientos para mantener esa posición de rechazo, que después se traslada a más esferas y se complejiza. El mundo es un lugar hostil y tendemos a rechazar lo diferente; Pita Amor era una mujer que no se comportaba acorde a la moralidad de su época, definida por sus contemporáneos y por ella misma como una tormenta o un volcán, una mujer incómoda que antes de irse de los lugares que no le gustan, los incendia. Una personalidad así le tiene miedo a la soledad, pero al mismo tiempo la busca desesperadamente. 

Gabriela Mistral y Pita sostuvieron una relación significativa, incluso le dedicó Yo soy mi casa (1946). Está poco documentada la naturaleza de su vínculo, pero hay cartas de Alfonso Reyes y Gabriela Mistral que mencionan a Pita. Para 1946, Gabriela ya había ganado el Nóbel de Literatura y seguramente tuvo varias cosas valiosas que decirle a Pita para que se convirtiera en poeta.   

El libro Seis niñas ahogadas en una gota de agua (2009) de Beatriz Espejo, hace referencia a seis mujeres de la literatura, dos particularmente injustas: Elena Garro, a quien describe con la obsoleta etiqueta de “esposa de” y a Pita Amor. Ambas fallecieron alrededor de los ochenta y un años, Elena era dos años mayor que Pita. Beatriz Espejo despectivamente dice que la tremenda leyenda que Pita era, terminó por opacar su obra y es injusto pensar en esos términos, porque no pensamos igual de autores como Salvador Dalí u otros cuyas vidas también estaban llenas de sexo y escándalos moralinos.

Ver con morbo la vida de autoras como Elena Garro y Pita Amor, a la que se les impone el estereotipo de la mujer desequilibrada emocionalmente que muere sola rodeada de gatos, es alarmante y un fenómeno digno de analizar con más detenimiento. Las familias que durante el porfiriato tenían dinero, era bajo un esquema todavía muy colonial, llega la Revolución y pierden poder y dinero, si bien no se quedan en bancarrota, muy pocas fueron las familias que supieron reinvertir sus recursos para no irse a la quiebra en el periodo post-revolucionario. Elena Garro y Pita Amor nacieron en medio de una crisis llena de mentiras, en donde se les educó para casarse y quizás ir a la universidad, a su modo, las dos renegaron de eso, pero el fenómeno interesante está en que Elena Garro sí intentó encajar en lo que debería haber sido una mujer destacada, pero muy pronto enloqueció al verse envuelta en ese papel y por ende, condenada desde una crítica poco constructiva sobre su salud mental. En el caso de Pita Amor, que llegó a ser vista como vagabunda por la forma en la que deambulaba por las calles, fue una mujer que le apostó a la liberación sexual femenina en un sentido honesto y más como una pulsión inconsciente del término, que como algo deliberado. 

Me da la impresión de que en éste poema, Pita Amor dialoga con su familia.

Si yo a nadie recrimino

y todo en todos tolero,

¿por qué el mundo, en mi destino

pretende ser justiciero?

No es que yo ame el sufrimiento

ni el placer me desboque,

mi afán es que el alma toque

senderos de redención. 

(Amor: 1946, 21)

Es muy doloroso lo que expone, porque significa que después de una niñez en soledad, con la constante negativa de entrada al mundo adulto, ahora se le ve, pero de reojo y con autoridad moral sobre cada una de sus acciones. La redención es un concepto con ecos religiosos, es un estado de dolor que únicamente ocurre cuando nos hacemos conscientes de nuestros errores en el pasado, en el momento en el que aceptas el dolor que conllevan tus malas acciones con apertura y no a la defensiva, llegas a la redención. 

Necesito en mi pasión

bueno y malo amalgamado […]

(Amor: 1946, 21)

Buscar el equilibrio es hermoso, porque a pesar de que a veces sea como caminar en una cuerda floja, el ejercicio de mantener un orden en medio del caos, implica alcanzar una dimensión espiritual. Me resuenan muy honestas las preguntas: 

¿Qué es lo que mi mente encierra,

que no puedo descifrar?

¿Qué es esta nada que yerra

que no logro expresar?

(Amor: 1946, 23)

Yo soy mi casa (1946) es el primer texto publicado de Pita Amor. Al inicio muchas personas no la tomaron en serio porque ella era más conocida por ser modelo. El que ella identifique, desde éste texto tan temprano, su naturaleza errática, es hermoso y aunque se sabe incapaz de comprenderse más a profundidad, en el resto del poema queda clara la lucidez con la que es capaz de voltearse a ver a sí misma con todas sus complejidades. Es una mujer llena de dolor, amor e inseguridades. 

Mi pensamiento siempre tan constante, 

hay momentos que aterra por su hondura, 

pues se agiganta en ritmo y en altura 

y provoca un infierno desbordante 

de angustiosa y caótica locura.

(Amor: 1946, 24)

Pita Amor era una mujer muy transparente en cuanto a sus emociones y notablemente hipersensible, tenía ideas y reacciones poco convencionales, era impredecible y normalmente lanzaba insultos extremadamente clasistas. Pita era prima hermana de la mamá de Elena Poniatowska, Paulette Amor, que se casó con un descendiente de la corona polaca en 1930. Pita cuenta en una entrevista que cuando tenía doce años, estaba celosa de que su prima mayor estuviera comprometida con un príncipe. Por supuesto que lo que más desea una niña de doce años en una época posrevolucionaria, es tener a su príncipe; Disney supo muy bien vender Blancanieves en 1937. Pita mantuvo rivalidad con esa parte de su familia e incluso le prohibió a Elena utilizar el apellido Amor. A Pita no había que darle títulos nobiliarios, ella misma se proclamaba Diosa.   
Yo soy mi casa (1946) es un texto honesto y con una dimensión poética profunda. Lanza varias preguntas muy sinceras sobre el dolor y la soledad, no las responde porque son más heridas que no terminan de curarse. El título hace evidente que Pita Amor asumió su soledad con la claridad de que ella era lo más importante en su vida. Fue una mujer longeva, inteligente e incómoda. Rara condición la mía, de visión tan exaltada, decía Pita. Seguramente fue doloroso crecer en un hogar que nunca se encargó de cobijarla y sí de juzgarla.  

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